Esto no es como me lo contaron

O de cómo ser la madre que nunca pensaste que serías


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Con V de Verónica, un epílogo para mi Maternidad de la A a la Z

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Corría mayo del 2013. Para mí todavía era Trimadre a los 30 y empezó a tuitear algo así como #azdelamaternidad. Yo estaba en plena luna de miel con mi hijo  porque, aunque me incorporaba a la oficina a mitad de junio y comenzaba a agobiarme, todavía no sentía que el tiempo corría en mi contra. Leía en Twitter una y otra vez #azdelamaternidad y pensaba “Cuánto me gustaría participar en eso” pero pasaban las semanas y con cada una de ellas llegaba una nueva entrega en la que seguía sin estar.

Llegó junio y el momento de la reincorporación. No llevaba ni diez días en la oficina y ya estaba de nuevo inmersa en el estrés, mi boca emitiendo una permanente queja, sintiéndome idiota por no poder disfrutar de mi bebé,  cargando con una decisión que no podía ser otra pero que pesaba como una losa sobre mi espalda. Más de 12 horas separados y mi cabeza a punto de explotar. ¿Para esto había tenido a Ojazos? ¿Para no poder estar con él? Sentía que los días separada de mi familia eran demasiado largos y la tristeza comenzaba a hacer mella en mí.

Pero los meses sólo duran 30 días y pronto vino agosto con sus vacaciones en Somo. Horas de porteo y de disfrutar de nosotros tres, de aprovechar al máximo la luz de los largos días de verano, con mi pequeño mamífero enganchado a mí. Volví queriendo ser hippie, después de unas jornadas preciosas que atesoraré con sus recuerdos y risas como el primer año de mi  pececillo en la playa, viendo surferos viviendo en furgonetas que me hicieron darme cuenta de que no es necesario tener tanto para ser feliz.

Septiembre, ese mes que trajo mi vía de escape, este blog, que ahuyenta mi soledad y me ayuda a no volverme loca. Mi blog, el que grita mi dolor para descargar mi alma, el que me preocupaba que quedara bonito y no pareciera una ñapa de principiante, que al fin y al cabo es lo que soy,  en el que escribo cada cosa que me preocupa o atormenta en este largo camino de amor que es la maternidad, en el que conté qué es la colelitiasis de tal forma que la exorcicé desapareciendo de nuestras vidas al instante.

Para entonces Trimadre ya no era sólo Trimadre, por más que a mí me encantara seguir llamándola Tri, había pasado a ser Verónica, la mujer de los abrazos energéticos (pero esto lo descubrí después) y a quien, en un órdago tuitero de esos que nos echamos de vez en cuando, le cogí el guante y me apunté al AZ. A las que empezaron por mayo les quedaban siete entregas cuando yo me uní, así que me decidí a esprintar sabiendo que, ni de coña llegaría, pero procurando que los post que llegara a publicar no fueran una kaka. Y esta zurda se lió a escribir y entre conversaciones interminables de whatsapp conseguí terminar a tiempo. No sé si con éxito, pero desde luego este diccionario es único. Os dejo juzgar.

Mi diccionario acaba con la V de Verónica la mujer que nos unió, que se permitió soñar y nos arrastró con ella. La mujer que vino un día a Madrid  y la lió, y nos juntó a todas a lo largo de dos días porque sólo la noche se nos quedaba corta. Verónica  que me vio cruzar una puerta y me dijo con la mirada “Ey, te reconozco” y me dio un abrazo inmenso y corroboró que lo que yo sentía en la distancia era igual de real en la cercanía. Verónica la mujer que nos mantuvo unidas aún cuando se tuvo que marchar. Sin Verónica mi rutina sería muy distinta, por grandilocuente que suene. Gracias por embarcarme en la locura y por animarme a terminar.

 


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La maternidad de la A a la Z: con X de éXito

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Si algo ha cambiado claramente desde que soy madre es mi visión de lo que es el éxito. Antes de la llegada de Ojazos el único significado que se recogía en mi diccionario para esa palabra se referia al éxito profesional, pero ahora pienso de otra forma.

Nunca he sido una mujer de metas laboralmente altas, al menos no en lo que trabajo ahora. Mi única ambición REAL era (y sigue siendo) conseguir escribir una novela, al menos la primera, y publicarla. Bueno, y ya que me ponía, publicarla y vender muchos ejemplares y tener muchas ediciones, pero ya os conté que yo misma me pongo demasiada trabas e inconveniente a la hora de conseguir mis objetivos. De esta forma, esa novela constituye esa meta que sigue flotando sobre mi cabeza como una nube, no sé si blanca, negra o gris, que me acompaña perpetuamente en cada minuto de mi vida. Escribir es mi don y ser escritora es algo que quiero hacer desde los 7 años pero siempre me he visto atenazada poresos  pensamientos que me dicen que escribir una novela es difícil y una empresa demasiado imponente para mí.

Desde que soy madre mi idea de lo que es el éxito ha cambiado, tanto como el significado de las otras 26 que componen mi AZdelamaternidad. El éxito de mi vida radica ahora en cosas pequeñas,  pero muy importantes. Éxito es para mí conseguir arrancar una risa a mi hijo cada día, una de esas contagiosas y alegres que regala con solo un poquito de dedicación y que te contagian hasta que te retuerces. Éxito es, igualmente, salir pronto del trabajo saltando por todos los obstáculos que se interponen en el camino y arrancarle minutos al día para pasar a su lado un ratito más, salir pronto y no estar tan cansada y malhumorada, agotada sólo con su reclamo de un poquito de atención. Éxito también que duerma traquilo , que nada perturbe su descanso, poder estar a su lado cuando se enferma, bajar al parque y jugar con mi pequeño, recogerle de la guarde, pequeñas batallas ganadas cada día. Éxito, por supuesto, es verle crecer feliz y hacerlo recorriendo el camino con su padre, cogidos de la mano, que no me olvide de que tenerle fue una decisión de dos.

Pero para mí el mayor éxito será verle hecho un hombre de bien con el paso de los años, atisbar en su azul mirada la bondad inmensa de la que es capaz el ser humano cuando quiere ser bueno, saberle feliz y querido, empático y educado. Éxito verme reflejada en sus ojos y sentir mi conciencia tranquila.

 

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blog iniciado por Trimadre a los 30 que consiste en que cada participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.”

 


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La maternidad de la A a la Z: Con R de Recuerdos y Risas

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Tengo un recuerdo nítido de pocas cosas de mi infancia y creo que he olvidado algunas de las importantes según me he ido haciendo mayor. Hace no mucho he leído que una de las primeras cosas que se olvidan es la voz de las personas y yo daría todo lo que tengo por recordar la de mi abuelo y oírle una vez más aunque sólo pudiera hacerlo dentro de mi cabeza… me encantaría que su voz me siguiera acompañando ya que él no puede hacerlo más. Recuerdo también, perfectamente, el día en que mi hermana le espetó a un desconocido “Es mi hermana… y me pega si quiere” anécdota que ella contó en mi boda y que le granjeó varios admiradores entre mis invitados. Y recuerdo las tardes de sábado viendo el Equipo A y merendando chocolate con churros o jugando a los masajes o las cosquillas con mamá mientras los yayos iban a ver a los bisos.

Es curioso como no todos los recuerdos tan vividos son bonitos o amables y aún ahora, a puntito de cumplir los 36, no consigo despegarme de la sensación de desconsuelo y de incomprensión que me produjo cada “bofetada a tiempo” recibida en mi infancia. Nunca me pegaron palizas, sólo me aplicaron los métodos habituales y sé que, tanto mi madre como mi abuela con quien vivíamos, hicieron lo que creían que tenían que hacer, pero esas imposiciones han dejado una huella tan indeleble en mí que me produce malestar recordarlas.

Desconozco qué tipo de mecanismos de la mente humana hace la selección de recuerdos que nos dejarán marcados para siempre. He sido una niña-adolescente-mujer joven muy dramática y ha habido muchas situaciones en las que he sentido mucho dolor, dolor que me gustaría evitarle a mi hijo en la medida de lo posible. Es por eso que yo no alecciono a mi hijo, no le pego azotes, no le doy en la mano si pone la mano donde no debería y, por supuesto, no le toco la cara.  No quiero dejarle una marca indeleble en el alma, no de ese tipo, sólo quiero que tenga las herramientas adecuadas para manejarse en la vida, que sea gente de bien porque ser buena persona es lo realmente importante, que los títulos y las carreras se quedan en nada cuando eres mala gente.

Hasta el momento se puede decir que mi hijo es un bebé feliz. Siempre está haciendo gansadas para que nos riamos, pero, lo bueno de verdad, es disfrutar de su risa. Ahora que lo pienso, su risa es muy parecida a la mía, también se le arruga la nariz hacia arriba y esos ojos tan grandes se alargan transformados en una mueca pilla mientras enseña todos sus dientecillos de ratón. En cuanto le oigo no puedo parar de reír yo también y apuro las cosquillas por todo su pequeño cuerpo y si paro él pide “Má”. Esa risa es la esencia de la pura vida, de la felicidad más absoluta y espero que sea uno de esos recuerdos que se quede conmigo para siempre.

 

“La maternidad de la A a la Z” es un carnaval de blog iniciado por Trimadre a los 30 que consiste en que cada participante describa un sentimiento al que ha descubierto un nuevo sentido con la maternidad, o una faceta de su personalidad que desconocía antes de ser madre. El objetivo es crear en red, colaborando unas con otras, un “Diccionario de madres” con el que reírnos, emocionarnos y conocernos un poco más.”


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La maternidad de la A a la Z: con W de Whatsapp

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Yo no tengo tribu, me muevo en un grupo de amigas sin hijos o compañeras con hijos mayores (adolescentes o adultos jóvenes) que están en otro momento vital. Mi entorno hace las cosas de otro modo y, como ya os contaba en Guardería, Twitter al principio fue mi salvación (doy las gracias de nuevo a esos padres tuiteros que tan pendientes están de mí cada vez que me ocurre algo). Tengo un horario infernal, así que no conozco a los padres de los compañeros de Ojazos, lo que conlleva que tampoco tengo esos grupos de Whatsapp que sirven para lo mejor (organizar cumpleaños o fiestas relativas a los peques) y lo peor (demonizar a los profes), según he oído que se hace en ellos. De hecho, hasta hace relativamente poco, mis grupos de Whatsapp se reducían a familiares y amigos, compañeros de trabajo, básicamente gente de mi vida 1.0.

Desde hace unos meses mi Whatsapp se llena de colores por las mañanas. Al principio fueron unas sesiones matutinas de belleza, después un grupo de chicas con ganas de conocerse, algo más tarde comenzamos a tomar té todas las mañanas y nos llenamos de emoción ante la perspectiva de quedar para el Vermut antes de #LaParty para ponernos piel con más calma, grupo que se ha transformado ahora en otro lleno de esperanza ante una vuelta. Todos ellos son grupos de mujeres, mujeres que tienen hijos pequeños y más mayorcitos, que trabajan fuera de casa o que dejaron de hacerlo, buscando empleo o inventándoselo, mujeres que cuidan a sus peques y que intentan cuidarse, mujeres con ilusiones, con metas e inquietudes, con problemas y soluciones, mujeres, al fin y al cabo, como yo.

He descubierto muchas cosas desde que estoy en todos esos grupos. La primera es que las mujeres somos muy grandes (sin afán de desmerecer a los hombres): no hay problema que manifieste alguna de nosotras que no sea respondido con una palabra de ánimo o con una idea de mejora. En ellos no hay competencia, ni competición (salvo terminar el #Azdelamaternidad, ¿verdad Nuria?) sólo ganas de apoyarse, de entenderse, de echarse unas risas o quitarle hierro a espinosos asuntos. Nos consultamos desde las cosas más peregrinas hasta otras más serias, encontrando así la tribu que yo necesitaba. En algunos de ellos la visión de la maternidad es exactamente igual que la mía, no así en otros, que me enriquecen aunque no comparta sus ideas. Otra de las cosas que he descubierto es que, si nos ponemos a pecho descubierto, hay muchas menos guerras que las que nos quieren inventar, y que desde el respeto y con las orejas abiertas es más fácil manifestar y escuchar las opiniones. Lo curioso es que a algunas de ellas ni siquiera las conozco, aunque, desde luego, ya es como si las conociera.

Desde aquí, gracias a todas ellas, vosotras sabéis quienes sois, a las que lleváis más tiempo conmigo, mis imprescindibles, a las casi recién llegadas y a las que espero que vuelvan cuando ellas quieran volver. SOIS ÚNICAS, GRANDES, INIGUALABLES y hacéis las jornadas, en esos huecos que nos dejan los enanos, mucho más llevaderas.


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La maternidad de la A a la Z: con Z de Zurda

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Tanta magia había y yo no me daba cuenta, tanta, pero tanta magia. Un día el yayo se fue y nos quedamos solas las cuatro, en esa suerte de matriarcado mágico, y difícil, en el que se convirtió nuestra vida. Cuatro mujeres solas viviendo en una casa que no era nuestra y que un día tuvimos que abandonar dando un giro tragicómico de 180º hasta llevarnos al barrio donde vivía quien hoy comparte conmigo cada jornada. Una madre, una abuela que ejercía de madre cuando la propia trabajaba y dos hermanas separadas por catorce meses nada más tratando de reordenar sus vidas.

Dos hermanas, decía, con los ojos tan grandes y abiertos, con tantas ganas de conocer el mundo, de explorar, de saber. Curiosas e inseguras a partes iguales, siempre dudando de nosotras, intentando a veces diluirnos en la realidad, comparándonos no sólo con el resto sino también entre nosotras, qué fácil ver el error ahora, qué complicado hacerlo entonces. Tan cabezotas, tan vehementes, una, mi hermana, perserverante y tenaz. la otra mucho más dejada, siempre con planes a medias, siempre queriendo avanzar pero quedándose por el camino. Ella, la estabilidad, yo, la montaña rusa.

Y Zurdas ambas. No sé si lo fuimos desde el principio las dos o acabamos siéndolo por imitación la una de la otra (desconozco si esto es posible). Lo que es cierto es que para nosotras lo normal es coger el boli con la izquierda y lanzarse a escribir torciendo un poco la hoja, pero sin retorcer la mano. Nunca le he preguntado a mi hermana, pero a mí me gusta (mucho) ser zurda, tanto que me descubro sonriendo con complicidad, igual que cuando porteo, a quien firma con su mano izquierda.

Mi hermana tiene tres hijos, único cada uno de ellos, con quienes crecía en nosotras la esperanza de futura zurdez en cuanto que empezaban a ser autónomos. “Parece que coge la cuchara con la izquierda… aunque luego se la pasa a la derecha” y todas sus variantes fue una de nuestras frases más repetidas. Pero ellos son tan tercos como su madre y tan rebeldes como su tía, así que todos han acabado diestros para desánimo de ambas (aunque sobre todo para mí que tan míos los siento).

Mi esperanza es ahora Ojazos , que hace poco que comienza a coger su cuchara en un afán de alimentarse solos. Me veo repitiendo como un mantra “que sea zurdo, que sea zurdo” y no porque se parezca más a mí, sino porque sea un poco menos igual que los demás, original, diferente (todo lo que permiten dos únicas opciones).


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La maternidad de la A a la Z: con Ñ de Ñapa

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Lo mío es escribir, no se me dan muy bien las manualidades, no soy especialmente manitas. De vez en cuando un proyecto anida en mi cabeza y en ella sigo todos los pasos como en un documental hasta que se materializa y lo termino con un acabado perfecto… pero no es así en la realidad. Normalmente me canso antes. Veo trabas, problemas, y, en alguno de los pasos el resultado no es el esperado y me desanimo y abandono. Así es.

La falta de perseverancia es una constante en mi vida, siempre creo que no seré capaz y  mi cabeza pone más trabas de las que en realidad tengo. No todo es tan difícil, no son necesarios tantos conocimientos como yo quiero creer, pero los miedos y obstáculos anidan en mi cabeza, haciéndome flaquear y abandonar los proyectos. Así, tengo a medias otro blog, una historia corta y una idea de novela tan, tan conocida para mí que debería darme vergüenza no ponerla negro sobre blanco, pero la cuesta se convirte en pared y la pared cada vez se pone más vertical y yo no sé escalar, así que prefiero quedarme en tierra.

Desde que me quedé embarazada vivo en esa especie de arrebato creador que he observado en muchas mujeres de mano de la maternidad, en ese arrebato he parido este blog entre otras cosas, aunque las primeras ñapas que me propuse en mi vida llegaron antes que el peque, fruto de la emoción de tener un piso nuevo. Con algo de esfuerzo e ilusión, y a pesar de que intenté boicotearme en un par de ocasiones, transformé una lámpara y un espejo dorados utilizando la pintura que había sobrado de las paredes. Todo ultracoordinado.

Dulces sueños

Dulces sueños

Espejito, espejito

Espejito, espejito

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Después llegó el embarazo y el síndrome del nido, malditas hormonas, con mi afán por tener la habitación lista para la llegada de Ojazos. Si volviera a vivirlo no le haría caso, pero soy primeriza y necesitaba tener la cuna, el cambiador y la pintura lista para su llegada. Es en este momento cuando tengo que señalar que mi marido no es nada manitas y no tiene ninguna gana de serlo. Él opina que si hay profesionales que saben hacer las cosas no tenemos que hacerlo nosotros que no tenemos ni idea, en cambio, yo pienso que como no tenemos un duro para contratar a nadie si quiero cambiar algo tengo que hacerlo yo. Así que cuando empecé a decir que quería pintar y EMPAPELAR la habitación para la llegada del peque, me dejó fantasear, yo creo que pensó que me arrepentería y que esa falta de empuje a medio camino me pararía otra vez. Cuando nos vimos en Bricor comprando pintura, papel y cenefa, debió quedarle claro que nada iba a pararme, pero no desistió, se lo llevó todo a casa y esperó a que yo cambiara de idea. Pero esta vez el síndrome del nido pudo más que la pared y un buen día, con mi barriga de 8 meses me subí a la escalera a emprender mi ñapa. Él repetía que no me iba a ayudar porque no era ni pintor ni empapelador, pero por mi integridad física y, creo que sobretodo, por la de su futuro hijo, estuvo pendiente de que no me matara retrepada en la escalera.

Bebé pirata

Bebé pirata

No diré que fue fácil, aunque no fue tan díficil como imaginaba que sería, por eso escribí EMPAPELAR en mayúsculas, era lo que más me imponía. Casar el papel fue de lo más complicado, además, aunque fue la dependiente quién calculó la cantidad que necesitaríamos, al final estuvimos cortos y tuve que hacer una ñapa, ñapa que no confesaré porque si alguna vez venís a casa no quiero que la descubráis. No sé si quedó muy profesional o no, pero lo cierto es que le puse mucho cariño y si hay algo de lo que podrá presumir Ojazos siempre es de que su mamá decoró su habitación con mucho amor.

… Y llegado el final, confieso que lo que más ñapa quedó fue la pintura… pero he aprendido para la próxima…

… Y que ya tenía la siguiente ñapa preparada, lijar y pintar un mueble que nos trajimos de casa de la abuela de mi marido, pero que él ya me ha convencido de que hay una consola Hemnes que nos cuadra fenomenal y nos ahorramos el trabajo. Bendito Ikea…


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La maternidad de la A a la Z: con J de Juzgar

Convertirse en madre es ponerse en el centro del ojo el huracán. De pronto, y en uno de los momentos más delicados del ciclo vital de la mujer, cada persona que se acerca tiene una opinión muy clara sobre cómo deberías hacer las cosas, opinión que, en algunas ocasiones, está muy alejada de la tuya, bien es sabido que cada uno educa perfectamente… al hijo de los demás. Además, si no estás provista de una seguridad en ti misma abrumadora o has tenido un trabajo de empoderamiento importante esas hormonas saltarinas, que aunque intentes pasar de ellas dominan tu vida, pueden conseguir que te culpabilices por cada una de tus decisiones por más convencida que estuvieras cuando las tomaste. Juzgada me vi, y me veo por mi decisión de seguir dando el pecho a mi hijo 17 meses después, por mi madre por poner un ejemplo de mi, digamos, “lado” y fue un juicio doloroso porque quizá lo que yo necesitaba en esos momentos era un acompañamiento más silente y menos invasivo.

Pero la vertiente que más preocupante me parece en todo esto, más allá de que mi opción de crianza cuadre o no a mi entorno, es que yo también me encontré juzgando al poco de parir, a la que no colechaba, a la que no porteaba o a la que no lactaba. Me vi juzgando a cada madre o familia que lo hacía diferente a como lo hago yo, como si yo estuviera en posesión de la verdad, como si yo supiera más que ellas cuando sólo llevaba 6 meses en esto tan difícil de la maternidad. En mi cruzada por defender mi punto de vista me puse a hacer lo que tanto me molestaba sin casi darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Tiempo me llevó darme cuenta de que es más valioso un biberón con cariño que una teta desganada (quien dice desganada dice dolorida o molesta, poned el adjetivo que queráis), de que no puedo juzgar a los demás desde mis zapatos, entre otras cosas porque eso es tener una visión muy limitada de la realidad, es centrarme en mí y ya os conté que yo ya no soy el centro de mi universo. Por otro lado, las mujeres, que como dice mi amiga Nuria somos capaces de hacer una tribu especialísima con la maternidad como hilo conductor, podemos ser los más duros árbitros… con nosotras mismas. Y es ahí donde digo basta y me paro y pienso y si es necesario grito en alto. No seré yo quien comulgue con ideas que no comparto, pero no me pidáis que lapide a nadie porque ahí no estará mi mano.

 


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La maternidad de la A a la Z: con U de Único

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El primer bebé que me robó el corazón nació un soleado 6 de octubre de 2006. Nació muy moreno, con mucho pelo y con los ojos muy abiertos. Le adoré desde el mismo momentos que supe que iba a llegar, al poco de la primera falta de mi hermana, y creo que desgasté su ecografía 4D de tanto mirarla y sacarle parecidos, clavado, clavadito a ella. Pude verle un poquito a las 9 de la noche, aún separado de su mamá, aunque le habían sacado a las 14 h y lloré como una cría mientras le decía “Soy la tía Leti”, sólo me autodenomino Leti para mis sobrinos, para el resto del mundo prefiero ser Let. El primer bebé del que me enamoré profundamente además se parecía a mí. Cuando le miré pensé que era único… precioso, perfecto y único. Y único fue durante mucho tiempo, primer hijo, nieto y sobrino todas en casa estábamos locas por M.

Un 28 de enero de 2010 sus hermanos llegaron para alborotar sus vidas. La pequeñita, agotada e hipotónica, pasó algunas horas en la incubadora. El pequeño, feote y golpeado como si fuera boxeador profesional, se quedó conmigo solo en la  habitación mientras su papá y mi madre esperaban a mi hermana a la salida del quirófano. Tuvimos un primer momento mágico, aunque prosaico, y el primer pañal de su vida se lo cambié yo. Lo cierto es que me mi amor hacia ellos no fue inmediato y, además, me costó aceptarlo. Me sentía culpable. Pero el enamoramiento llegó, como estaba destinado a llegar y aquellos dos pequeñitos se fueron ganando a su tía Leti a golpe de sonrisa o de mirada desconfiada en el caso de la niña, que parecía decirnos “las chorradas hacédselas a éste (su mellizo) que se descojona por todo, yo soy una tía seria”. Y cada uno comenzó a ser único, por su personalidad, por esos abrazos y  esos “te quiero tía” zalameros de ella o los no menos zalameros “no te doy un beso” de él.

Cuando ya me había hecho a la idea de quedarme en tía, la rayita rosa del test de embarazo apareció. Iba a ser madre. Una mezcla de alegría y vértigo me inundó, imagino que nos pasa a todas. Madre. Y ese chico delgadito del que me enamoré un día iba a ser padre también, y lo íbamos a ser juntos… Increíble el ciclo de la vida. Con los meses yo iba acariciando mi barriga, fantaseando con mi pequeño Ojazos (sin saber todavía que sería Ojazos como yo) aunque, en silencio, me carcomía por dentro una terrible posibilidad: ¿y si no lo quería tanto como quería a mis sobrinos (sobre todo al mayor)? Por más que mi marido me decía: “Nunca un niño será tan guapo para ti como M, ni siquiera tu hijo cuando llegue” yo me callaba mis miedos, que me atormentaban cada vez que me paraba a pensar en ellos. ¿Cabía la posibilidad de que una madre que quería serlo no adorara a su bebé?

El 16 de enero de 2013 Ojazos llegó a  nuestras vidas, a mi vida. Ya os conté en Parto cómo pasó. Me descubrí mirándole entre las lágrimas por encima de aquella sábana que me impedía ver mis piernas y el corazón me explotó de amor. Nunca hubiera acertado a imaginar cuánto iba a querer a mi hijo, por más que lo hubiera intentado. Y una vez más, mientras miraba a aquél pequeñajo que parecía mi clon, pensé que era único, por más que se pareciera a aquél otro pequeñajo que llegó a nuestras vidas en 2006 y que tanto lo iba a querer después.

Primos

Primos

 

Cada bebé que llega a una familia es único, lo aprendí con la maternidad. Cada nuevo miembro provoca sentimientos nuevos o quizá son los mismos, qué sé yo, pero que se transforman al dirigirse a otra personita.

Cada uno somos únicos en nuestras vidas y en las de quienes nos rodean, que nos conceden el privilegio de acompañarles en el camino, haciéndonos así también mejores. Afortunadamente, nadie es igual que el de al lado. Ni en gustos, ni en personalidad o forma de ser, ni siquiera en el físico. No dejemos que nos vendan la homogeneidad como lo mejor, que en la variedad está el gusto. Seamos únicos.

 


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La maternidad de la A a la Z: con Q de Queja

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La queja, el quejío, el sonido lastimero, la pena. La manifestación de la disconformidad, de la incorfomidad, del “no puedo con esto”. Esa queja perpertua colgando de mi labio, a punto de desbordarlo, de resbalar, de caer dramáticamente hasta el suelo y resonar, hacerse visible, audible, tropezar, rebotar, romper. Romper con todo, con lo que molesta, huir del consejo no pedido, liberarse de la culpa acumulada. La queja. No la que yo había vivido hasta entonces, no la que he gritado hasta la saciedad, no, otra diferente. Dejó de ser la queja que me tenía en el centro de mi universo, porque el centro comenzó a ser él, Ojazos . Con su llegada la falta de sueño, la falta de tiempo, la falta de apoyo, el escaso orden de las prioridades, el andar dando tumbos y la queja otra vez ahí, justificada a veces, otras sacada de quicio. Muerta de angustia, intentado saber,intentado entender por qué eran las cosas cómo eran y mi vida andaba cómo andaba, pero sin conseguirlo, porque hay cosas que no tienen explicación por más que una se empeñe en buscarla.

Y pasó el tiempo, pero poco mejoró. La falta de optimismo, la negatividad, el hartazgo, tantas horas separados, desperdiciadas, tan pocas cosas realizadas, mi cabeza funcionando a mil, gritándome, pero también gritando al mundo, ansiosa por saber a quién beneficia esta organización de la sociedad que tan poco tiempo deja libre para la familia. Me canso de oírme, me agoto, pero sigo quejándome. Me quejo por lo de fuera, pero también por lo de dentro, por ese discurso de corresponsabilidad que no siempre cala, pero que en mi mente siempre está presente. Y me quejo por mí misma, por todas esas cosas que creo hacer mejor que los demás, en las que no dejo que participen, en mi parcela, pero no me eximo de culpa tirana soy hasta conmigo misma.

Más de 30 años acompañándome esta queja eterna. No quiero callarme. No quiero tragar. No con lo que no puedo cambiar sola. Quizá no sirva de nada, pero si no me muevo por lo que me rebela habré muerto. Quejénse. Quejémonos. Que nos oigan, que enmudezcan, que se angustien tal como nos angustiamos los demás. Que sepan que no somos tontos, que algún día nos daremos cuenta de que el mango está en nuestra mano y, entonces, serán ellos los que tendrán que empezar a quejarse.

 


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La maternidad de la A a la Z: con G de Grita

Tengo una entrada en borrador desde el 28 de octubre de 2013. Es curioso, porque sólo tiene línea y media, pero tiene título, se llama Grita y comienza así: Hoy necesito gritar, dejarlo salir. Quiero que el mundo sepa que cuatro meses sigo sintiéndome perdida si no te tengo conmigo, que sigue doliendo como el primero.

El día que escribí esas líneas fue uno de esos de negros nubarrones sobre mi cabeza. No recuerdo si habíamos tenido médico o si Ojazos se había ido llorando a la guarde con papá, pero sí recuerdo mi infinita tristeza aquella mañana. Me senté a soltarlo, dedos ágiles sobre el teclado, y recibí una llamada “¿Tienes plan a comer?” y, para disipar los nubarrones, acepté y dejé de escibir.

Una de las primeras personas que me comentó en este blog me dijo que sonaba triste, que era una pena que viviera mi maternidad así. Y sí, quizá sueno triste muchas veces, quizá me dejo llevar en extremo, pero es que no entiendo, no acepto, me rebelo por la ma(pa)ternidad que me (nos) ha tocado vivir.  Cada día cuando me despido de mi hijo se me parte el alma, aunque intente no pensarlo, porque sé que, como mínimo, pasarán catorce horas hasta que nos volvamos a ver. Mientras escribo esto miro su foto en mi mesa, esa cara casi perfecta, esa sonrisa franca, esos ojos tan abiertos, con tantas ganas de conocer el mundo, y me dan ganas de echarme a llorar. No creo que sea una mujer débil, puede que un poco sensiblona o sensiblera, es cierto, pero la vida me ha enseñado que si me pone contra las cuerdas no me dejo doblegar. Por eso pienso que si lloro por sus ausencias es por dejarlo salir, por no quemarme, por no pudrirme por dentro, por no enfermarme, ay, esa enfermedad que mi madre tanto temía cuando me reincorporé al trabajo.

No creo que viva mi maternidad con tristeza, muy al contrario. Cuando estoy con Ojazos todo son risas, sonrisas, juegos… he descubierto en mí una imaginación increíble que inventa historias sobre las cosas más corrientes, que descubre inusitadas posturas para los músculos de mi cara hasta el punto de provocar sus carcajadas. Me tiro por el suelo, lo levanto, le hago cosquillas, hago correr sus coches por mi cuerpo…  Mi maternidad sólo es triste cuando estoy lejos de él. Y es entonces cuando necesito gritar.

He descubierto el grito como expresión de disconformidad, como la expresión que más se se acerca a expresar lo que siento. Gritar es liberador. Pero gritar a pulmón abierto, a garganta desgarrada, con los brazos extendidos y las manos hacia abajo, con todos los dedos tensos, con los ojos cerrados y el cuerpo saliendo por la boca. Gritar de verdad. Gritar para que me oigan, aquí y en la China, para que sepan que no me conformo y que no deja de doler, que sigo sintiendo que esta separación es lo más inhumano e injusto que vive una madre. Porque la ley debería protegernos y no fingir que lo hace para que, los que la hacen, puedan dormir tranquilos por las noches. Porque la elección debería ser real y no una pantomima. Así que seguiré gritando y os animo a que hagáis lo mismo. Gritad. Gritad. Que nos oigan.